Ayuno de dopamina

Vivimos de manera constante pegados, arraigados, sujetos a algo que apenas pesa. Y digo «apenas» porque ya nos hemos acostumbrado a su peso. Ya ni menciono su tamaño.

Recuerdo aquellos años (no tan cercanos ya) en los que podías cerrar la mano con el móvil y solamente usabas las dos manos para jugar al juego de la serpiente.

Fuera de la nostalgia de años pasados, vengo a reflexionar sobre el sobreconsumo que tenemos todos —sí, todos, tú y yo también— y la falta y necesidad inconsciente que tenemos de hacer un reset en nuestro cerebro.
 
Hablo del ayuno de dopamina. De mi experiencia —aviso— no soy ningún experto en la materia.
 
Si no has escuchado hablar de él, te recomiendo que tras esta lectura, hagas una búsqueda en internet, podrás profundizar mucho más.

A bote pronto, el ayuno de dopamina consiste en desvincularse de todos los dispositivos electrónicos, conectividad a internet o cualquier otro elemento que nos proporcione dopamina rápida.

Y así podemos permitir que nuestro cerebro regule la dopamina a nuestros niveles normales.

Yo lo hice por curiosidad hace un par de semanas: sábado, domingo y lunes. 72 horas.

desayuno con una carta
Foto de That's Her Business en Unsplash

No hice un ayuno estricto estricto, me permití el lujo de poder disfrutar de series y películas en el sofá, con mi pareja y mi perra, comiendo palomitas. Además de hacer videollamadas con mis padres —usando el móvil de mi pareja—.

Pero no toqué el móvil ni el ordenador —salvo para lo comentado— durante esas 72 horas.

Al principio fue una sensación un poco rara. De estar acostumbrado a nada más levantarme coger el móvil y mirar las notificaciones/mensajes que tuviera, a no tocarlo en todo el día.

Instintivamente, mi mano se iba de vez en cuando a mi bolsillo, buscando algo que ya no está —pero que solía estar—. La capacidad que tenemos de hacer muchas cosas de manera automática, sin pensar, ni darnos cuenta de que las hacemos.

Pero me mantuve firme.

Y poco a poco, conforme iban pasando las horas y los días, me iba dando cuenta de que mi mente iba despertando, como si de una anestesia se tratara; era capaz de pensar con mayor facilidad y la generación de ideas iba en aumento.

Llegué a echarlo de menos.

Llegué —y esto sí que es lo importante— a desaprender a usarlo.

Como probablemente la mayoría de las personas, utilizaba el móvil como despertador. Esto supone, en mayor o menor medida, acostarme y levantarme directamente con la luz del móvil. Algo que no es nada bueno.

Así que me compré un despertador analógico de toda la vida. De las mejores decisiones que he tomado.

Me duermo con mayor facilidad, descanso mucho mejor y me levanto de manera más natural —claro está que el sonido no es lo más agradable del mundo, pero sí es efectivo—.

Durante estas 72 horas, desaprendí principalmente a usar el móvil y ahora estoy volviendo a aprender a usarlo. Mantengo el despertador analógico y el móvil ahora «duerme» fuera de la habitación.

Y lo más importante, conseguí que mi cerebro normalizara mis niveles de dopamina. Ahora noto mucha más agilidad mental. No tanto atontamiento como cuando me pasaba horas haciendo scroll y scroll y scroll

Una sorpresa te espera detrás de ese clic​

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